martes, 22 de enero de 2019




"Uno de los acertijos de nuestro tiempo es cómo
en un mundo cada vez más pequeño,
con una población creciente 
las personas se alejan cada vez más unas de otras."
                                                                   A.G., de Reader´s Digest 


Al saberse rodeado de tantos ruidos, de tanto movimiento y bulla, de tantas personas, empresas y actividades, uno creería que la soledad no existe más.
Sin embargo, parece ser que todo lo mencionado sólo tiende a agravarla.

La soledad no se vive tanto en el cuerpo, como en el alma. Esa persona que está en el grupo, a la que nunca se le deja hacer un comentario, a la que nunca se le pregunta nada, la que siempre está allí y ve y escucha a todos platicar, reir y disfrutar, es la que experimenta soledad.

Esa persona que tiene que responder con carcajadas a los chistes del grupo, que tiene que conceder sus demandas, vestirse como ellos, hablar como ellos, comer y tomar lo mismo que ellos para ser “aceptada”, experimenta soledad.
Esa persona incomprendida en su familia, gobernada por personas ciegas, sordas e imponentes, experimenta soledad.
Esa persona en cualquier círculo, llena de sueños e ideas, sin nadie a quien compartírselos, experimenta soledad.
Esa persona que llora sola en las noches y comparte sus dudas y dolores con la almohada, experimenta soledad.

¿Con cuántas personas te topas en un día? ¿Cuántos pasan a tu lado, a pie, en el carro, el autobús o el tren? ¿En el ascensor, en la fila del supermercado, del banco o de la oficina municipal?
¿Y a cuántos les sonríes, a cuántos miras a los ojos o con cuántos entablas una conversación?

Estamos experimentando soledad.

No nos hemos dado cuenta de que la angustia por la obtención del dinero, y el materialismo, nos están sumiendo en la soledad.
Tenemos más relación con los aparatos (automóvil, electrodomésticos, computadora, televisor, radio, etc.) que con nuestros hijos, cónyuges, jefes y/o empleados.
Un domingo familiar o un convivio anual definitivamente no van a contrarrestar toda la falta de calor humano y contacto con el que a mi lado está a diario.
La soledad no es la falta de presencia ajena a mí mismo/a, sino mi falta de capacidad para comunicarme y relacionarme exitosamente con los que me rodean.

Debemos romper con convicción este patrón de conducta que se extiende como una epidemia, nacida en las ciudades capitalistas que crecen sin control, dejando sólo altos edificios pegados uno al lado del otro, sin espacio para un árbol que traiga a memoria el mundo vivo al que cada ser humano pertenece, y confundiendo: haciéndoles creer que vidrio, metal y concreto es todo lo que deben y pueden disfrutar.

Las largas vías de los trenes recorren valles y montañas, atraviesan bosques y se extienden al lado de hermosos lagos y ríos, hasta llegar repentinamente a una zona totalmente árida, invadida por el cemento. No se divisa nada verde en kilómetros a la redonda. Y el rostro de casi cada habitante refleja la misma sequía: están experimentando soledad.
La mentalidad de vivir para hacer dinero ciertamente no les ha concedido la felicidad. Hay que darle un giro: hacer dinero para vivir con felicidad.

¡Qué diferente aire sopla al llegar al pueblo! En donde el agricultor con alegría trae la cosecha al mercado. En donde el comprador escoge entre una gran gama de producto de calidad.
Nos marearíamos al intentar contar cuántos “¡Buenos días!” se dan. ¡Cuántas sonrisas! ¡Cuánta alegría auténtica! Las alegres voces revolotean, como pájaros en primavera, alrededor de la preparación del almuerzo o la cena, y la reunión de la familia, el invitado o los amigos.

Si habiendo de todo no sonreímos, si teniéndolo todo no agradecemos, no esperemos que desaparezca la soledad.
Encerrarnos en nosotros mismos y olvidar disfrutar el aire puro, el sol que calienta nuestro cuerpo, el viento o la brisa que rozan nuestra piel, el aroma del pan recién horneado o de las flores del parque o del balcón, puede sumirnos en un pozo oscuro y profundo del cual tal vez no logremos salir: la soledad.

Abramos los ojos, los oídos, y todos nuestros sentidos, y percibamos la vida maravillosa que cada día se acerca a nuestra puerta y a nuestra ventana, en un intento por rescatarnos del frío y de la esterilidad de los muros de piedra que se van haciendo reales también en el corazón. E impregnemos nuestro espacio de color, calor y alegría, con la foto de un tierno y bello venado, de un delicado colibrí, de un simpático y amistoso delfín, de una mesa provista, de un árbol frondoso lleno de frutas o flores, de un río de agua clara, de un atardecer sin el smog de la ciudad, o de un dulce sobrino o nieto gateando en el jardín o tomando su primer baño al aire libre.

¡Qué nuestra mente, nuestro corazón y nuestro espíritu recuerden que nuestro cuerpo no es de papel ni de metal! Y nuestro mundo no puede sobrevivir lleno de soledad.

¡Qué la vida resplandezca y la inteligencia prevalezca y florezca, como la promesa de un nuevo amanecer, que consigo muchas cosas buenas ha de traer!

Olvidemos las ansias locas de vanidades que para nada aprovechan, y concentrémonos en la vida a la que pertenecemos y de la cual no debemos desligarnos.
Deshagámonos de la soledad, sirviendo y dando en la sociedad que reconoce nuestro aporte y recibe lo que tenemos para dar.
Deshagámonos de la soledad, limpiando nuestra mente de ideas vacías y nuestro corazón de sentimentalismo que jamás se convierte en acción. Deshagámonos de la soledad, cambiando la cobardía por valentía, el temor por amor, el juicio por ejemplo, y la debilidad por obras.
Deshagámonos de la soledad, abrazando todo lo bello y bueno que aún tenemos, sembrando para mañana, en lugar de vivir llorando lo que ya se perdió.
Existe un Dios real, de amor, que quiere nuestra felicidad y bendición.

                    ¡Descubramos el potencial que llevamos dentro y 
                              dejémoslo salir!                                                                                                                                                      Hay una vida que vivir.              
                                                Hay un futuro que construir. 
                                                                                                          
                                  ¡No podemos hacerlo con soledad!




“Madurez es
la capacidad para
lidiar con la verdad.”
               Ami C.B.


“Integridad es
la disposición
para lidiar con la verdad.”
                 Ami C.B.




Canciones:   
"Rambling Rose"  (Nat King Cole);  "Mandy" (Barry Manilow);  "Uno entre mil"  (Mijares); "Where does my heart beat now" (Céline Dion)